Por Lic. Fabián Fabrega. Director Fabrega Organizacional Center
Protegido en las sierras de Córdoba, Argentina, El Castillo Hotel Resort Spa evoca a los cuentos de hadas, con sus caballeros defendiendo la fortaleza, duendes imaginarios, pórticos y torres imponentes.
La ubicación en Valle Hermoso refuerza el ideal; el valle corre entre dos cordones serranos alineados con interminables ríos y vegetación autóctona. Inclusive los pueblos circundantes invitan a comparar todo con un cuento de hadas.
Sin embargo, la historia de la transformación de El Castillo es al mismo tiempo más y menos que un cuento de hadas, y el desafío de “vivir felices para siempre” ha sido más complicado en el mundo real del ecoturismo internacional.
La historia del hotel: la historia de Argentina
El Castillo se construyó como casco de estancia argentina hacia 1870. En 1930, un inmigrante italiano, Don José Ferrarini, lo compró y amplió, adoptando el estilo florentino que lo distingue, para inaugurar en 1939 un lujoso hotel.
Durante ese período, Argentina fue uno de los diez países más ricos del mundo, cuyos ciudadanos disfrutaron del cuarto ingreso per cápita internacional.
Pocos años después, la economía argentina sufría las consecuencias de la depresión de los años 30s. Hacia 1945 Argentina había perdido su histórica posición de nación próspera, declinando a una marcada recesión. En esos años Don José se vio obligado a cerrar las puertas del hotel.
El Castillo perdió su estatus de gran hotel al mismo tiempo que Argentina perdió su posición de nación próspera e industrializada.
En 1972, El Castillo fue comprado por el sindicato de los metalúrgicos para utilizarlo como colonia de vacaciones. La falta de cuidado dejó cicatrices profundas en el edificio. De la misma forma, la dictadura militar que condujo Argentina desde 1976 a 1983 dejó sus propias cicatrices en el pueblo argentino.
En el pasado reciente, hacia el 2001, un desastre financiero se apoderó de la economía y generó un colapso en la fe política del pueblo.
A pesar de este entorno tumultuoso, El Castillo comenzó a ver su resurgimiento.
El turismo se había transformado en una gran porción de la economía nacional. En 2005, el turismo extranjero creció 12%, convirtiéndose en la tercer fuente de ingresos del país.
En 2002, la familia Fábrega compró los restos de El Castillo y tomó a su cargo la restauración total del edificio, que duró tres años y fue diseñada y gestionada solamente por la familia con ayuda de mano de obra local.
La familia Fábrega
Susana y Raúl -Contadora Pública Nacional y Médico especialista en Anatomía Patológica, respectivamente- nunca dieron marcha atrás frente a un desafío. Después de haber sido docentes en las Universidades Nacionales de Córdoba y San Luis, desarrollaron distintas empresas de servicios de salud con alcance internacional. Al mismo tiempo, criaron y educaron a sus tres hijos.
Los mayores, Edgardo y Fabián, estaban en los Estados Unidos desde el año 2000, trabajando como investigadores académicos y estudiando en las universidades SUNY y Rensselaer Polytechnic Institute (Nueva York). La menor, Adriana, había ingresado al competitivo programa de Economía de la Universidad del CEMA en Buenos Aires, donde ella y sus padres estaban viviendo. Tal como sus padres, los tres hermanos no se limitaban a un solo interés. Tocaban juntos en varias bandas y grabaron tres albums de música.
La familia fue siempre muy unida y por ello la distancia física fue crucial para la decisión que los integrantes tomaron. En 2002, frente a la opción de mudarse a los Estados Unidos en plena crisis, ganó la idea de comprar un castillo arruinado en las sierras del centro del país.
¿Y ahora?
La familia consideró varias alternativas de negocio: instalar un hospital, o tal vez
un geriátrico. Pero independientemente de la elección de alternativas, los cinco integrantes decidieron comenzar la restauración inmediatamente. El viejo edificio se encontraba en un terrible estado; el sindicato no había realizado tareas de mantenimiento durante los últimos cuarenta años. Sin embargo, los Fábrega sintieron que El Castillo aún guardaba promesas como hotel.
Antes de comenzar la restauración, la familia consultó a expertos de la industria del turismo para tener una visión más objetiva que la propia. Las respuestas fueron muy desalentadoras: algunos opinaban que la fachada de castillo no le agregaba valor a la propiedad, que la falta de experiencia en la industria hotelera no jugaba a favor de la familia, que necesitaban deshacerse del estilo que tenía el edificio para imprimirle el aspecto de un hotel de categoría, que sería un milagro que algún turista visitara una región tan empobrecida, que en definitiva, por más que ellos quisieran hacer algo diferente, todos los hoteles eran simplemente hoteles. Resumidamente, había un amplio escepticismo acerca del proyecto, y un sentimiento generalizado de que la familia subestimaba las habilidades necesarias para llevar adelante un hotel.
Empujando hacia delante
De todos modos, la familia decidió seguir adelante. Ellos mismos dirigieron la restauración, poniendo especial atención en respetar su estilo y usar elementos que combinaran con su arquitectura original. Se agregó tecnología de punta, teniendo en cuenta usar sistemas que no dañaran el medio ambiente.
La fuerza de trabajo que emplearon para la restauración debía reunir tres requisitos: vivir a menos de diez kilómetros del hotel, tener alguna habilidad relacionada con la construcción y no tener experiencia previa en hotelería.
Edgardo diseñó todos los sistemas del hotel: eléctricos, estructurales, sanitarios, de climatización, y de iluminación. Adriana y Susana se encargaron de los sistemas contables y financieros, y realizaron cada detalle de la decoración del hotel, pintando todas las obras de arte que cuelgan de las paredes. Fabián desarrolló el producto comercial y Raúl se encargaba de las relaciones públicas.
Los casi cuatro años que tomó la restauración fueron un desafío mayor. Sin contactos en la industria hotelera ni relaciones de poder, los Fábrega no pudieron obtener ni una sola línea de crédito. La totalidad del proyecto fue financiado por su propio capital, incluyendo la venta de su casa familiar en Buenos Aires.
En el año 2005, la crisis se había superado mayormente, el hotel estaba recuperado, los tres hermanos con sus estudios finalizados y toda la familia reunida en Argentina. El Castillo estaba listo para comenzar.
Y allí estaban: dueños de un castillo renovado en una hermosa y algo remota área, sin ahorros y sin experiencia en el negocio de la hotelería.
Lugar
La historia y reputación de El Castillo no lo hacía un lugar fácil de ofrecer como un hotel diferencial, ¿quién iba a creer que un hotel de sindicato se hubiera convertido en un resort spa de categoría en unos pocos años? Además, toda la región central de Córdoba había sufrido décadas de falta de inversión y estaba muy devaluada.
Frente a esta situación problemática, los Fábrega, con el espíritu innovador que siempre los caracterizó, comprendieron que debían inventar algo nuevo.
Promoción
Primero, decidieron convertir su hermoso castillo, del que estaban tan orgullosos, en un destino en sí mismo. Para ello tenían que asegurarse que sus huéspedes disfrutaran de una variedad de servicios all inclusive, con resort, spa, diferentes actividades de esparcimiento y atención altamente personalizada de los miembros de la familia Fábrega.
Segundo, determinaron una estrategia publicitaria selectiva.
Tercero, desarrollaron una visión que refleja la originalidad del posicionamiento del hotel –uno que no necesita ocupar las habitaciones cada noche, y que respeta el entorno serrano y su grandiosa arquitectura.
Cuarto, reconocieron las poderosas capacidades que ellos poseían como equipo de trabajo. Combinando sus experiencias y conocimientos crearon una estructura organizacional especial.
Producto
Si la temporada turística duraba sólo tres meses al año, el hotel tenía que ofrecer algo más. Entonces la familia creó dos unidades de negocios separadas:
• Turismo vacacional (enero, febrero, julio y Semana Santa): para familias, con actividades basadas en arte, deporte y talleres culturales.
• Fabrega Organizational Center (resto del año): para reuniones de negocios y programas de capacitación hechos a medida. Es importante mencionar que los programas de capacitación son desarrollados y dictados por el mismo equipo que creó El Castillo (los Fábrega). Cada empresa que realiza una reserva disfruta del uso exclusivo de la combinación de centro educacional, hotel, spa y resort.
La nueva empresa identifica entre sus ventajas el acceso fácil desde Buenos Aires (una hora de avión y una hora de auto entre montañas), el entorno original e histórico, y la tecnología de vanguardia del edificio. Las instalaciones respetan la estructura original con innovaciones tecnológicas, incluyendo acceso a internet con transmisión de datos 802.11n, energía solar, y acondicionadores de aire de alta eficiencia con gas ecológico. Al mismo tiempo, para crear un espacio en el cual los huéspedes se sientan lejos de su rutina diaria, no hay televisores ni frigobares en las habitaciones, y los teléfonos son solo para comunicaciones internas. Además, para minimizar las emisiones nocivas derivadas de alfombras y fibras sintéticas, el hotel emplea superficies duras: pisos de parquet y granito, muebles de madera noble, arañas de hierro forjado, etc.
Entre los servicios se cuentan: todas las comidas y bebidas, salones equipados con sistemas de audio y video, deportes en exteriores (natación, tenis, caminatas guiadas), lounge, home theater, sala de ensayo equipada para músicos, atelier de artes plásticas, spa (sauna, sala de yoga, solarium, gimnasio), cava de vinos y kindergarden.
Ecoturismo en El Castillo
Los Fábrega tomaron a cargo la restauración del castillo enfocados en la historia del edificio y el crecimiento de la comunidad local.
El ecoturismo representa una forma específica de Responsabilidad Social Empresaria.
Entre las prácticas socialmente responsables de El Castillo se destacan, además de las anteriormente mencionadas (referidas a la tecnología y materiales ecológicos), la gestión del personal y la provisión de ingredientes gastronómicos. La empresa toma solamente trabajadores locales. Debido al bajo nivel educativo que existe en la zona, El Castillo se encarga de la capacitación de su personal, habiendo logrado un equipo multifacético y comprometido. El agua potable es mineral de vertiente propia, y los vegetales y hierbas son producidos en una huerta ubicada dentro del parque.
Las prácticas ecoturistas no están contempladas por la ley de turismo de la Provincia de Córdoba. Por este motivo, El Castillo aún no ha sido categorizado, lo que trae aparejado perjuicios impositivos y crediticios a la empresa.
Conclusión
Entre sus fortalezas, El Castillo enfatiza que es el único hotel ecoturista en Argentina. También nota la originalidad de su producto y sus altos niveles de satisfacción de clientes. Un rápido crecimiento ha caracterizado a sus primeros años: en el segundo año de funcionamiento, su facturación aumentó el 280% y el 80% de las familias que lo visitaron durante Semana Santa fueron huéspedes que repetían la experiencia.
Los interrogantes son: ¿El Castillo debe continuar haciendo lo que ha estado haciendo? O ¿existen amenazas y oportunidades esperando en los pasillos, cuales duendes de un cuento de hadas?
El Castillo Hotel
Santa Teresa Nº 933 – 5168 – Valle Hermoso (Córdoba) República Argentina